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Fachada acristalada de la sede de Sotheby's en Nueva York, con banderas sobre la entrada al anochecer.

Arte · Mercado

Cuando el bitcoin entra
en la sala de subastas

Cinco años después de la euforia de los tokens, las grandes casas de subastas siguen aceptando criptomonedas. Lo que ha cambiado no es la tecnología: es quién puja, qué se compra y qué preguntas hace ahora el departamento de cumplimiento.

Ignacio Bru · · 5 min de lectura

Foto: Wikimedia Commons

En 2021, una obra digital vendida por sesenta y nueve millones de dólares convenció a media industria del arte de que el mercado estaba a punto de reinventarse. En 2022, el mismo mercado se desplomó con la brusquedad de todas las burbujas. Lo interesante es lo que ha quedado después, porque no es nada.

Las grandes casas de subastas siguen aceptando criptomonedas como forma de pago. No para obras digitales —ese capítulo está prácticamente cerrado—, sino para lotes convencionales: pintura, escultura, relojería, vino. El comprador liquida en bitcoin una tela del siglo XIX, y a nadie de la sala le parece llamativo.

La burbuja y lo que dejó

Conviene ser preciso sobre qué reventó exactamente. Lo que colapsó fue el mercado especulativo de los tokens no fungibles: colecciones generadas por lotes, compradas para revender y sostenidas por una liquidez que se evaporó en cuestión de meses. El volumen de ese segmento cayó más de un noventa y cinco por ciento respecto a su máximo y no ha vuelto.

Lo que no colapsó fue la infraestructura de pago. Las casas de subastas habían montado, para atender esa demanda, circuitos capaces de aceptar criptomoneda, convertirla y justificar su origen. Esos circuitos siguen ahí, funcionando, con un uso más modesto y mucho más aburrido.

Vista de una sala de exposición previa a subasta con obras colgadas y visitantes recorriéndola.
La exposición previa a la subasta sigue siendo el momento decisivo de la venta. Ningún cambio en los medios de pago ha alterado esa parte del proceso. Foto: Wikimedia Commons

Quién paga así, y por qué

El perfil es bastante concreto: coleccionistas cuya riqueza se originó en el sector tecnológico y que mantienen una parte significativa de su patrimonio en activos digitales. Para ellos, pagar en criptomoneda no es una declaración de principios, es evitar una conversión, un impuesto de plusvalía anticipado y tres días de trámites bancarios.

Hay un segundo motivo, menos declarado: la diversificación en sentido inverso. Quien ha acumulado una posición muy concentrada en un activo volátil tiene un incentivo evidente para transformar parte de ella en algo que no cotice a diario. Un cuadro no publica su precio cada quince segundos.

Quien tiene una posición muy concentrada en un activo volátil tiene un incentivo evidente para transformar parte de ella en algo que no cotice a diario. Un cuadro no publica su precio cada quince segundos.

El departamento que decide de verdad

La conversación real sobre criptomonedas en una casa de subastas no ocurre en la sala, sino en el departamento de cumplimiento normativo. El mercado del arte lleva años bajo escrutinio por su opacidad, y en la Unión Europea los intermediarios de arte están sujetos a obligaciones de prevención de blanqueo desde 2020 para operaciones a partir de diez mil euros.

Añadir criptomoneda a esa ecuación no simplifica nada. La casa debe identificar al comprador final, documentar el origen de los fondos y, en el caso de los activos digitales, rastrear la procedencia de las monedas recibidas. Existen herramientas de análisis de cadena para hacerlo, y su uso es hoy rutinario.

El resultado práctico es contraintuitivo: pagar una obra en bitcoin en una casa de subastas grande implica, casi siempre, más verificación documental que pagarla por transferencia bancaria.

Qué queda del arte digital

Sería injusto cerrar el capítulo entero. Lo que ha sobrevivido a la burbuja es la parte que ya existía antes de ella: el arte generativo, que tiene una tradición de sesenta años y que encontró en la cadena de bloques un soporte razonable para el problema de la edición y la autoría en obras que se ejecutan por código.

Ese segmento es pequeño, tiene sus propias galerías y sus propios comisarios, y opera con lógicas de mercado del arte y no de mercado financiero. Varias instituciones han incorporado obras generativas a sus colecciones permanentes, con el problema de conservación que eso implica: una obra que necesita un intérprete de código para existir plantea preguntas que un lienzo no plantea.

Una mano sostiene una moneda conmemorativa de bitcoin ante un fondo oscuro.
La moneda física es una metáfora publicitaria: el bitcoin no existe como objeto. En el mercado del arte, esa distinción entre objeto y registro se ha vuelto un asunto de conservación. Foto: Wikimedia Commons

La pregunta incómoda

Queda un asunto que el sector prefiere no discutir en voz alta. La combinación de un activo de precio subjetivo, transportable y difícil de tasar con un medio de pago pseudónimo y transfronterizo es, sobre el papel, exactamente lo que preocupa a cualquier supervisor financiero.

Las casas grandes lo saben y por eso han sobrerreaccionado con procedimientos estrictos: su reputación vale mucho más que la comisión de un lote. El riesgo real está en el tramo intermedio del mercado, donde operan galerías e intermediarios sin departamento de cumplimiento y con obligaciones que se aplican de forma desigual.

Cinco años después de la euforia, el balance es prosaico: la criptomoneda no ha cambiado el mercado del arte. Se ha convertido en una forma de pago más, con más papeleo que las otras. Que es, seguramente, el final más aburrido y más sano que podía tener aquella historia.

Elaborado a partir de catálogos públicos de las casas de subastas, informes sectoriales abiertos y documentación regulatoria europea.

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